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La presente obra surge ante la necesidad de fortalecer la práctica de la liberación y la guerra espiritual dentro del mover apostólico y profético de nuestros días.  Hoy en día estos dos grandes recursos del Reino de Dios han quedado relegados. Resulta curioso observar a muchos ministerios que hoy se denominan apostólicos y proféticos que no lo incluyen en su práctica ministerial.

Si pretendemos ser verdaderos seguidores del ministerio de Jesús y de los primeros apóstoles que registra el Nuevo Testamento, encontraremos que la confrontación y expulsión de demonios fue una constante en estos ministerios. Esto es una  parte de la actividad apostólica y profética que no se puede soslayar.No quiero decir con esto que sea la única actividad o la más especial. No, simplemente, estamos hablando de un importante componente del ministerio apostólico. No hay necesidad de forzar, ni de hacer shows con los demonios. Estos se manifestarán a causa del poder de la Palabra y la Unción  que radica en nosotros. Ese será el momento de ejercer la autoridad y la potestad que nos ha sido delegada.

Entiendo por liberación a la autoridad y potestad delegada por Cristo a los suyos para echar fuera demonios tanto en la vida de los individuos (liberación propiamente dicha), como de los territorios (guerra espiritual o batallas territoriales).

Cada iglesia que se precia de ser apostólica y profética debería organizar y desarrollar un trabajo estratégico en el campo de la liberación y la guerra espiritual. Se trata de ser efectivos. La finalidad última de la liberación de individuos no es revelar a los demonios sino a Cristo y su Reino en el corazón de los hombres.

Del mismo modo debe suceder en el caso de la llamada guerra espiritual, o liberación de territorios de poderes demoníacos.  No se trata de ser cazafantasmas infructuosos, sino guerreros inteligentes que produzcan la manifestación de Cristo y su reino, a través de la iglesia, ejerciendo influencia y produciendo cambios sustanciales en el clima económico, espiritual, social, económico, político, educativo, artístico, deportivo, etc. Todos estos son los reinos de este mundo.

Para lograr esto, no podemos limitarnos, a la expulsión de potestades. El fin de la batalla es la conquista, no sólo la expulsión. Se trata de liberar reinos para tomar dominio y dirección en ellos. Para la conquista necesitamos levantar un contingente de discípulos con revelación y autoridad de reino para legislar y gobernar con los principios del evangelio del Reino de Dios. Esto sólo viene con la liberación de la mente.

Por esto mismo, otra razón por la que se escribe esta obra es para reenfocar la mirada de la liberación más allá de la lucha contra demonios. Hay que fortalecer la liberación de la mente, que al final de cuentas producirá discípulos verdaderamente libres y productivos de las obras mayores que Jesús declaró que sucedería con los que creemos en él. De esta manera no tendremos pacientes crónicos con demonionitis aguda, sino discípulos enviados – con genes, carácter, verdad y visión apostólicos para tomar ciudades adonde Jesús quiere reinar.

El titulo El Dedo de Dios, es tomado de la figura que Jesús mismo tomó para indicar que en su ministerio la autoridad, potestad y unción para echar fuera demonios provenía directamente del Espíritu de Dios. Era Dios mismo en él y a través de él removiendo los poderes de las tinieblas.

En esta perspectiva el presente trabajo está divido en dos grandes partes. La primera parte trata de la liberación de individuos. La segunda trata de la liberación de territorios, incidiendo en lo que conocemos como guerra espiritual.  Ambos aspectos son parte de la misma actividad del Dedo de Dios, extendida a su iglesia a través de la unción apostólica.

Me honro en haber compuesto la presente obra con el aporte autoritativo del apóstol Norman Parish, quien gustosamente accedió ser parte de este proyecto para bendecir  ministerio de la iglesia latinoamericana.  La vasta experiencia del apóstol Norman enriquece el aporte de este libro. Mi gratitud al Señor Jesucristo por este precioso don y padre apostólico de talla continental.

Por lo demás, es nuestro deseo que la lectura de este material te lleve a una reflexión, evaluación, corrección si es necesario, pero sobre todo, a tomar una mayor y agresiva acción demoledora de todo reino demoníaco para seguir extendiendo, sin tregua, el Reino de Dios en todas las naciones.

E x t e n d i e n d o   el   M a n t o   A p o s t ó l i c o   en   S u d a m é r i c a
S A M U E L   A R B O L E D A